lunes, 17 de febrero de 2014

A la hora de la verdad lo único que importa son las pequeñas cosas que todos solemos pasar por alto. Nos pasamos los días buscando lo más complicado creyendo que al final son esas cosas las que mayores y mejores recompensas nos dan, pero no me creo ni de coña que eso sea así. Son muchos más los costes de la piel que te dejas por el camino que lo que logras cuando llegas al final. Una pérdida de tiempo.
Creo que en realidad, como he leído muchas veces por ahí, la vida se basa en los pequeños detalles: quedarse en la cama abrigado escuchando la lluvia fuera; salir los viernes con los amigos o los sábados o cuando sea; tomarse un café con alguien cuando tienes las manos heladas y las consuelas con el calor que desprende la taza; esa risa de esa persona que te hace tanta gracia y hace que entres en un bucle de carcajadas; cruzar la mirada con un desconocido que probablemente no vuelvas a ver nunca más y que te sonría; abrazar a quien sea, a tu madre, a tu novio, a tu amiga, a tu hermano, pero abrazarlo porque quieres; estar en ese rincón de tu cuarto dónde sabes que nadie te molesta, con los cascos, escuchando música durante el tiempo que haga falta; quedarse hasta las tantas con los amigos haciendo cualquier gilipollez, ya sea salir de fiesta o simplemente en un garaje hablando o viendo películas...
Puede sonar típico, pero he vivido esas cosas y recordándolas me siento feliz, sonriendo incluso, así que supongo que eso quiere decir algo. Los humanos somos seres a los que nos gusta complicarnos por naturaleza, está comprobado. 
La vida sería muchísimo mejor si dejáramos de pensarnos tanto las cosas y actuáramos guiados por como nos sentimos realmente... 

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